Ayuda!

necesito su ayuda !!

tengo una prueba de un libro y no he leido ni una wea !!
y la prueba es mañana !!

el libro se llama ‘‘LOS TRENES SE VAN AL PURGATORIO’’

si alguien lo a leido o tiene un resumen y me podria contar la wea d libro… c lo agradeceria por siempre …

ojala q aporten …

[COLOR=“DimGray”]Que irresponsable!!sucks!
Yo tengo ke leer Romeo & Julieta

y ya tengo mi resumen jojoj xD [/COLOR]

si ya se q soi una mierda pa los estudios q no tengo futuro
pero si no tengo ese resumen me voi a sacar un rojo y ya me sace un rojo en otro libro
y si me saco otro rojo me van a meter la del burro …

qliao flojo

Ke te metan la del burro no mas xDDDD

mire compadre
talvez yo sea el menos indicado para hablarte de ese libro
ya que lo lei
pero me saque un 2.0 en la prueba…

busca resumenes en internet nomas perrito

[COLOR=“DimGray”]Con ese pensamiento…
el cuento te lo tienes ke creer tú, si no lo haces tú, nadie lo hara
menos pc, y más estudios, al fin y al cabo es por tu futuro , para que seas alguien en la vida, y no dependas de nadie, y me fui en vola …sha xD

encontre esto, y nose si te sirva… =/
pero aporto con algo !lady! :

Los trenes se van al purgatorio

“RECORTADO CONTRA EL HORIZONTE en ciernes, el convoy semeja a un negro girón de sombras desprendiéndose de la noche…los vagones siguen desgranando su pertinente rosario de rieles…”

El Longino, tren Longitudinal del Norte, es el vehículo de miles de personas, que van en busca de las supuestas riquezas del salitre, de amores perdidos o de una nueva vida. Aunque es uno sólo el vagón elegido para el escenario de la novela: el primero. Son cuatro días o cuatro años o cuatro horas (el desierto envuelve las conversaciones, las miradas, las vivencias en un velo atemporal) de un viaje que pareciera ir sin rumbo, como así también sus personajes.

La figura que estructura la novela, es la del narrador principal, quien nos presenta los hechos como un espía que hurga en los rincones del carro, escucha u observa las situaciones entre los pasajeros. Y esto produce que la curiosidad del lector-voyeur se vuelva más grande, pues de un momento a otro se hace necesario saber qué ha pasado entre el acordeonista y la quiromántica o acercarse un poco más para escuchar la conversación nocturna del enano con las solteronas de tafetán morado. A veces las horas de viaje se sienten y nos dejamos llevar por las descripciones cansadas del paisaje, un poco desinteresadamente, para luego despertar con algún cuento al pasar, con un milagro o con una pelea.

Pero quien pareciera ir más allá del presente del viaje, es el Contador de cuentos, a quien se le ha escuchado por los vagones contando pequeñas historias. Uno de sus relatos azarosos desplaza el destino de los pasajeros hacia el pasado, y así, la complicidad del lector se queda en el medio de un no tiempo, el viaje se detiene de súbito, por lo que es necesario descender del tren para poder mirar, desde la estación, lo que ya ha desaparecido.

Hernán Rivera Letelier, recoge en su escritura tanto tradiciones populares como intertextos. La creencia del tren de los muertos que viaja hacia el infierno, los muertos aparentemente vivos de Comala de Rulfo y la caracterización de los personajes al estilo García Márquez, son muestras de esta recolección. Aunque, esta novela revela una construcción que se sostiene más allá de sus influencias. La voz del narrador logra encontrar su estilo propio y envolvente, marcando el ritmo a veces lúcido, a veces dormido de un pasajero encerrado, aunque curioso. Su mirada pasa por el filtro de lo grotesco y lo patético, al describir tanto situaciones dramáticas como absurdas (aunque siempre con un humor de subsuelo), propias de personas que llevan cuatro días encerradas en el mismo tren, sin ver más que una sola imagen dormida en la ventana: el desierto.

Así el relato se transforma en una visión nostálgica del tren, como un lugar ficticio de comunión y esperanza por un objetivo en común: el viaje o la espera.

“Desaparecerá el tren, amigos míos, y con él la última cuota de romanticismo del siglo…”

Esto lo en contré en una página de la web y lo que sigue acá abajo de otra:

Los Tolentino Floro de las Pampas Patagónicas

Puede de que el título de este artículo resulte un tanto extraño y por qué no hasta extemporáneo. ¿Quiénes son los Tolentino Floro?, se preguntará más de alguno. Para tener una respuesta inmediata hay que conocer la última obra del pampino Hernán Rivera Letelier. Nos referimos por cierto a la novela “Los trenes se van al purgatorio”. En ella aparece un árbol, un árbol mágico inserto en la soledad y la inmensidad del desierto. Es un pulmón verde, resinoso, balsámico, ante tanta horizontalidad, ante tanta sequedad y ambiente de limbo sempiterno, como son y serán todos los limbos.

Tolentino Floro es precisamente el nombre de ese árbol que Rivera Letelier insertó (o injertó) en su ambiente ferrocarrilero. Nacido al amparo de una prostituta, Alma Basilia, es ese mismo pulmón verde quien al final de la novela le devuelve la mano a su cuidadora, según versión de un cuentacuentos que va en aquel tren, el longino, uniendo en una imposibilidad de tiempo y espacio las estaciones de la pampa desértica. Buen recurso. Allí está, para matizar las arenas; allí está, para que los cansados ojos terrosos de los pasajeros del tren tengan un recreo a su atiborrado y anecdótico viaje. Y está allí, como una estación aparte a la de aquella de Resurreción, o como ocupante solitario de un vagón exclusivo, adosado a los carros del longino, para quedar finalmente como última huella, como última señal de lo que no es ni nunca volverá a ser: el mundo mágico (y no por mágico indoloro) de las salitreras del norte de Chile.

Cuando leímos “Los trenes se van al purgatorio” no pudimos dejar de asociar ese árbol con los nuestros, los que fuera de contexto, arrancados de los bosques, jalonan la pampa patagónica y fueguina. También los tenemos, y aunque personalmente no hayamos visto ninguna inscripción en sus troncos añosos ello no asegura que acaso no las posean. Tal vez ningún “se aman eternamente” se alcance a leer en esos leños vencedores de la soledad. Pero imaginamos sí a otras Alma Basilia, a otros “Almo Basilio”, cuyas manos se dedicaron algún día lejano a cuidarlos y protegerlos.

Los Tolentino Floro fueron plantados en plena pampa austral por esos pioneros rurales, que desearon ver un verde distinto y profundo cada mañana al despertar. Fueron plantados para rebajar el amarillo agotador de los coironales y el gris casi alumínico de los cielos magallánicos. No crecieron para otorgar sombra ante la presencia de un sol abrazador, sino para ayudar a protegerse del viento, de los temporales, de las nevadas. Pero un día se quedaron solos. La casa vieja pionera ya no está; el hotel rural tampoco, y ahora se ven desnudos, náufragos, en medio de la pampa ondulada, cuando no lisa como tabla.

Allá hay un ciprés Tolentino Floro, en Tierra del Fuego, en lo que alguna vez fuera todo bullicio y animación de Puerto Nuevo, entre Porvenir y San Sebastián. Y a la vera del mismo camino, kilómetros más al Este, hay otros cipreses esteparios, empalizando los restos de una base de cemento de lo que fuera el hotel de Cañadón Grande. Y están los de las poblaciones petroleras hoy fantasmagóricas de Manantiales y de Cullen, y por cierto el aislado en el igual de aislado camino a Río Verde, ya en el continente. Todos con sus ramas hacia el Este, todos hacia donde los Selk’nam, los desaparecidos indígenas fueguinos, decían que venía la palabra. Por el Oeste, en cambio, se muestran raleados, grises, desprotegidos a causa del viento de porfiada insistencia. Son las dos caras de una moneda. Por un lado la vida, por el otro la muerte, asechando y queriendo abatirlos. Son la imagen instantánea de la vida magallánica. Son la lucha por sobrevivir.

Cada vez que pasamos al lado de ellos, en nuestros viajes por la pampa austral, nos estremece tanta obstinación, tanta voluntad por mantenerse erguidos, a pesar de las adversas condiciones climáticas. Por allí un chubasco primaveral les renueva las ganas de continuar aferrados como atalayas de un tiempo perdido, fuera de su propio tiempo; por allí una nevada los vuelve canos en pleno invierno, en pleno otoño, y algunas veces, sin exagerar, en pleno verano. Pero les llega rápido el verdugo viento, irreverente y polar, como queriendo agotarles la paciencia, como deseando arrancar a esos intrusos de sus dominios. Y nos preguntamos entonces hasta cuándo resistirán, hasta cuándo un vendaval definitivo los arranque de cuajo, les mine sus largas raíces implorantes, y se conviertan en escombros donde ya, cualquier posible inscripción amatoria, quede sepultada para siempre, sepultando con ello parte irrecuperable de una historia, y por qué no, también un par de células más de nuestra propia porfía como habitantes en el sur del sur.

[/COLOR]

[COLOR=“dimgray”]nose ke wea puse O_o
porke no lo leí :B [/COLOR]

[QUOTE=Ridoh.E.x.Core]qliao flojo

Ke te metan la del burro no mas xDDDD[/QUOTE]

ah ya!!!

y vo eri un 7.0 en tu curso acaso?

[QUOTE=Ridoh.E.x.Core]qliao flojo

Ke te metan la del burro no mas xDDDD[/QUOTE]

no kiero me va a doler…

[QUOTE=A!eh_z_][COLOR=“DimGray”]Con ese pensamiento…
el cuento te lo tienes ke creer tú, si no lo haces tú, nadie lo hara
menos pc, y más estudios, al fin y al cabo es por tu futuro , para que seas alguien en la vida, y no dependas de nadie, y me fui en vola …sha xD

encontre esto, y nose si te sirva… =/
pero aporto con algo !lady! :

Los trenes se van al purgatorio

“RECORTADO CONTRA EL HORIZONTE en ciernes, el convoy semeja a un negro girón de sombras desprendiéndose de la noche…los vagones siguen desgranando su pertinente rosario de rieles…”

El Longino, tren Longitudinal del Norte, es el vehículo de miles de personas, que van en busca de las supuestas riquezas del salitre, de amores perdidos o de una nueva vida. Aunque es uno sólo el vagón elegido para el escenario de la novela: el primero. Son cuatro días o cuatro años o cuatro horas (el desierto envuelve las conversaciones, las miradas, las vivencias en un velo atemporal) de un viaje que pareciera ir sin rumbo, como así también sus personajes.

La figura que estructura la novela, es la del narrador principal, quien nos presenta los hechos como un espía que hurga en los rincones del carro, escucha u observa las situaciones entre los pasajeros. Y esto produce que la curiosidad del lector-voyeur se vuelva más grande, pues de un momento a otro se hace necesario saber qué ha pasado entre el acordeonista y la quiromántica o acercarse un poco más para escuchar la conversación nocturna del enano con las solteronas de tafetán morado. A veces las horas de viaje se sienten y nos dejamos llevar por las descripciones cansadas del paisaje, un poco desinteresadamente, para luego despertar con algún cuento al pasar, con un milagro o con una pelea.

Pero quien pareciera ir más allá del presente del viaje, es el Contador de cuentos, a quien se le ha escuchado por los vagones contando pequeñas historias. Uno de sus relatos azarosos desplaza el destino de los pasajeros hacia el pasado, y así, la complicidad del lector se queda en el medio de un no tiempo, el viaje se detiene de súbito, por lo que es necesario descender del tren para poder mirar, desde la estación, lo que ya ha desaparecido.

Hernán Rivera Letelier, recoge en su escritura tanto tradiciones populares como intertextos. La creencia del tren de los muertos que viaja hacia el infierno, los muertos aparentemente vivos de Comala de Rulfo y la caracterización de los personajes al estilo García Márquez, son muestras de esta recolección. Aunque, esta novela revela una construcción que se sostiene más allá de sus influencias. La voz del narrador logra encontrar su estilo propio y envolvente, marcando el ritmo a veces lúcido, a veces dormido de un pasajero encerrado, aunque curioso. Su mirada pasa por el filtro de lo grotesco y lo patético, al describir tanto situaciones dramáticas como absurdas (aunque siempre con un humor de subsuelo), propias de personas que llevan cuatro días encerradas en el mismo tren, sin ver más que una sola imagen dormida en la ventana: el desierto.

Así el relato se transforma en una visión nostálgica del tren, como un lugar ficticio de comunión y esperanza por un objetivo en común: el viaje o la espera.

“Desaparecerá el tren, amigos míos, y con él la última cuota de romanticismo del siglo…”

Esto lo en contré en una página de la web y lo que sigue acá abajo de otra:

Los Tolentino Floro de las Pampas Patagónicas

Puede de que el título de este artículo resulte un tanto extraño y por qué no hasta extemporáneo. ¿Quiénes son los Tolentino Floro?, se preguntará más de alguno. Para tener una respuesta inmediata hay que conocer la última obra del pampino Hernán Rivera Letelier. Nos referimos por cierto a la novela “Los trenes se van al purgatorio”. En ella aparece un árbol, un árbol mágico inserto en la soledad y la inmensidad del desierto. Es un pulmón verde, resinoso, balsámico, ante tanta horizontalidad, ante tanta sequedad y ambiente de limbo sempiterno, como son y serán todos los limbos.

Tolentino Floro es precisamente el nombre de ese árbol que Rivera Letelier insertó (o injertó) en su ambiente ferrocarrilero. Nacido al amparo de una prostituta, Alma Basilia, es ese mismo pulmón verde quien al final de la novela le devuelve la mano a su cuidadora, según versión de un cuentacuentos que va en aquel tren, el longino, uniendo en una imposibilidad de tiempo y espacio las estaciones de la pampa desértica. Buen recurso. Allí está, para matizar las arenas; allí está, para que los cansados ojos terrosos de los pasajeros del tren tengan un recreo a su atiborrado y anecdótico viaje. Y está allí, como una estación aparte a la de aquella de Resurreción, o como ocupante solitario de un vagón exclusivo, adosado a los carros del longino, para quedar finalmente como última huella, como última señal de lo que no es ni nunca volverá a ser: el mundo mágico (y no por mágico indoloro) de las salitreras del norte de Chile.

Cuando leímos “Los trenes se van al purgatorio” no pudimos dejar de asociar ese árbol con los nuestros, los que fuera de contexto, arrancados de los bosques, jalonan la pampa patagónica y fueguina. También los tenemos, y aunque personalmente no hayamos visto ninguna inscripción en sus troncos añosos ello no asegura que acaso no las posean. Tal vez ningún “se aman eternamente” se alcance a leer en esos leños vencedores de la soledad. Pero imaginamos sí a otras Alma Basilia, a otros “Almo Basilio”, cuyas manos se dedicaron algún día lejano a cuidarlos y protegerlos.

Los Tolentino Floro fueron plantados en plena pampa austral por esos pioneros rurales, que desearon ver un verde distinto y profundo cada mañana al despertar. Fueron plantados para rebajar el amarillo agotador de los coironales y el gris casi alumínico de los cielos magallánicos. No crecieron para otorgar sombra ante la presencia de un sol abrazador, sino para ayudar a protegerse del viento, de los temporales, de las nevadas. Pero un día se quedaron solos. La casa vieja pionera ya no está; el hotel rural tampoco, y ahora se ven desnudos, náufragos, en medio de la pampa ondulada, cuando no lisa como tabla.

Allá hay un ciprés Tolentino Floro, en Tierra del Fuego, en lo que alguna vez fuera todo bullicio y animación de Puerto Nuevo, entre Porvenir y San Sebastián. Y a la vera del mismo camino, kilómetros más al Este, hay otros cipreses esteparios, empalizando los restos de una base de cemento de lo que fuera el hotel de Cañadón Grande. Y están los de las poblaciones petroleras hoy fantasmagóricas de Manantiales y de Cullen, y por cierto el aislado en el igual de aislado camino a Río Verde, ya en el continente. Todos con sus ramas hacia el Este, todos hacia donde los Selk’nam, los desaparecidos indígenas fueguinos, decían que venía la palabra. Por el Oeste, en cambio, se muestran raleados, grises, desprotegidos a causa del viento de porfiada insistencia. Son las dos caras de una moneda. Por un lado la vida, por el otro la muerte, asechando y queriendo abatirlos. Son la imagen instantánea de la vida magallánica. Son la lucha por sobrevivir.

Cada vez que pasamos al lado de ellos, en nuestros viajes por la pampa austral, nos estremece tanta obstinación, tanta voluntad por mantenerse erguidos, a pesar de las adversas condiciones climáticas. Por allí un chubasco primaveral les renueva las ganas de continuar aferrados como atalayas de un tiempo perdido, fuera de su propio tiempo; por allí una nevada los vuelve canos en pleno invierno, en pleno otoño, y algunas veces, sin exagerar, en pleno verano. Pero les llega rápido el verdugo viento, irreverente y polar, como queriendo agotarles la paciencia, como deseando arrancar a esos intrusos de sus dominios. Y nos preguntamos entonces hasta cuándo resistirán, hasta cuándo un vendaval definitivo los arranque de cuajo, les mine sus largas raíces implorantes, y se conviertan en escombros donde ya, cualquier posible inscripción amatoria, quede sepultada para siempre, sepultando con ello parte irrecuperable de una historia, y por qué no, también un par de células más de nuestra propia porfía como habitantes en el sur del sur.

[/COLOR][/QUOTE]

TE AMO!!!

[COLOR=“DimGray”]aii yo igual !miss!

kjakajakaja xD [/COLOR]

sabi que Papel… la wea que puso la aleh no te sirve de nada

te digo al toke…

[QUOTE=Papel!!]necesito su ayuda !!

tengo una prueba de un libro y no he leido ni una wea !!
y la prueba es mañana !!

el libro se llama ‘‘LOS TRENES SE VAN AL PURGATORIO’’

si alguien lo a leido o tiene un resumen y me podria contar la wea d libro… c lo agradeceria por siempre …

ojala q aporten …[/QUOTE]

Te contaré…

es de unos trenes que chocan, se mueres y para entrar al cielo necesitan ir a un purgatorio xD!

xD!!!

naaaaah, mejor usa www.elrincondelvago.com

[COLOR=“DimGray”]sado

deja ke me ame po xD [/COLOR]

[QUOTE=A!eh_z_][COLOR=“DimGray”]sado

deja ke me ame po xD [/COLOR][/QUOTE]

mmmm… bueno^^
!wajajaja! !wajajaja! !wajajaja! !wajajaja!

buscalo en la encarta

esa wea de ecnarta cuando iva incluida en mi pc la borre el toque
total
tengo internet¬¬

[QUOTE=A!eh_z_][COLOR=“DimGray”]sado

deja ke me ame po xD [/COLOR][/QUOTE]

Ale casate conmigo …